Evasió sobre dues rodes

LA LLAMADA DEL ASFALTO

Nuc - Moteros Trail Barcelona, febrero de 2008

Voy trazando con tranquilidad las curvas largas que preceden al bello puerto de montaña. La moto ronronea placentera en sus largas marchas mientras parece danzar entre giro y giro llevada por los vapores de un elevado octanaje. Sus movimientos sinuosos parecen el preludio de un fogoso despertar entre los rugidos de un motor exaltado en manos de unas manos demasiado ansiosa de llevarla al clímax de la trazada perfecta.

Los árboles desfilan por los laterales de la calzada como mudos observadores de una bello espectáculo de danza y acrobacias, las nubes observan desde su privilegiada posición las formas curvilíneas de mi montura que les guiña el ojo cada vez que dejan pasar un rayo de sol para que se refleje en su nacarada pintura. Y envuelto en este bello estado de ensoñación algo me perturba.

Un reflejo oscilante va apareciendo en el retrovisor, unos ojos rasgados envueltos en un verde oscuro empiezan a ocupar todo el perímetro que antes sólo lucía una cinta de asfalto. No llega solo, el reflejo se acompaña del suave trueno de unos termiglioni de carbono, y en medio de este conjunto una trenza de largas proporciones ondea a la salida de un arai negro como la noche con visera enmirallada. Su canto y sus movimientos parecen un bello contrapunto a los míos y la danza se convierte en un baile de salón amenizado por dos tenores llamados Termiglioni y Akrapovik

Las curvas se van sucediendo y empiezan a ascender y cerrarse. El reflejo verde desaparece del retrovisor y se sitúa a mi vera. Me giro y veo que me saluda con un movimiento de cabeza al que correspondo mientras bajo nuestras ruedas pasan un par de curvas. Su muñeca hace rugir el motor un par de veces mientras una ligera presión en el embrague evita que su moto salga hacia delante y deja que luzca a mi lado. No es otra máquina que la exclusiva 998 matrix con su evolucionado motor testastreta y una pintura conmemorativa de su paso por las manos de Trínity. Siento como las piernas me flaquean ante tan sublime máquina, pero por el contrario, mis brazos actúan por si solos y antes que me de cuenta mi moto ya ha rugido un par de veces respondiendo al reto.

Veo con estupor como levanta la mano hasta su visera y lanza el reto que mi orgullo recoge con presteza empezando a hacer fluir borbotones de adrenalina por mi torrente sanguíneo. Las dos máquinas rugen por igual intentando alcanzar la nota más alta mientras la línea discontinua del asfalto deja paso a un fino hilo sin cortes que vamos resiguiendo.

Enlazamos las primeras curvas cerradas en subida con mis ojos clavados en el bello colín monoposto que diseño Tamburini. Esa visión me embriaga y hace que todo desaparezca excepto los dos puntos rojos del faro trasero que se encienden cegadoramente antes de una paella de izquierdas. El fogonazo rojo parece despertarme y me doy cuenta que, por muy bello que sea la trasera de esa moto, mi orgullo desea ver el frontal de tan bella obra por el retrovisor. Abro el grifo cuando todavía no he acabado de dejar la paella atrás ni de levantar la moto.

Siento el amortiguador trasero quejarse al comprimirse a golpe de potencia mientras los eslabones de la cadena gritan agónicos ante el esfuerzo a los que mi orgullo los somete. La rueda trasera se esfuerza por no perder la adherencia que le queda a medio camino entre deslizar y levantar el frontal de la lc8. Desplazo mi peso hacia atrás para evitar que se deslice lateralmente y siento como se encabrita de delante a la par que una fuerte sacudida me arranca casi el manillar de las manos cuando en esta posición que me impide ver que hay delante mio veo aparecer a mi derecha el lateral de la Ducati. Ebrio de victoria me niego a cortar el gas y sigo buscando en la parte más del cuentarevoluciones un poco más de jugo, un poco más de potencia, un poco más de lo que sea que me permita dejar atrás a mi rival.

Exultante veo como metro a metro voy rebasando su lateral hasta que de golpe el casco negro se desacopla de la moto, la pierna izquierda se separa del carenado, la moto se hunde rápidamente de la horquilla delantera y desaparecen detrás de mí. Eso sólo puede significar que estoy llegando a una curva.

Aprieto con el pie el freno trasero intentando asentar de nuevo las dos ruedas en el asfalto al mismo tiempo que corto gas con premura y me preparo para buscar una buena escapatoria en caso de que me haya pasado ya la trazada. No, mi rival se ha precipitado en su frenada y yo estoy entrando en el punto correcto, así que tumbo la moto y enfilo una nueva curva cerrada sin visibilidad.

Voy apurando marchas, motor y frenos mientras noto que el líquido de la bomba trasera empieza a desfallecer por temperatura, el subidón de adrenalina empieza a pasar factura y mis reflejos están en pleno descontrol mientras no consigo despegarme ni unos metros de los ojos rasgados que siento acuchillarme en cada curva. Creo que lo estoy frenando y cogiéndole la trazada buena. Seguro que al primer error voy a sentir el aire caliente de los termiglioni en mi cara.

Trazo dos curvas de izquierdas y una enlazada, siento su aliento en mi cogote.
Apuro los frenos en la siguiente curva, la aguja de las revoluciones sube vertiginosa mientras bajo marchas y en plena trazada veo lo que nunca desearía haber visto: Una lata cargada hasta los topes con la familia está en medio de la carretera haciendo un cambio de sentido al final de la curva con toda la inconsciencia del peligro que supone.

Todo mi cuerpo empieza a actuar antes de que mi mente salga del asombro de tan dantesca escena. Noto como mi rueda trasera se desplaza de lado mientras un contravolante la va dirigiendo hacia la parte posterior del coche. Parece haber allí un trozo de tierra donde el “individuo” ha empezado su cambio de sentido y por donde mi moto consigue esquivar ese muro de metal entre chirridos de frenos y neumáticos. Ahora solo llega a mi mente la imagen que he tenido al clavar los freno de ver pasar por mi izquierda un rayo verde oscuro directo hacia el la puerta del conductor. Antes de que haya detenido mi moto veo que ha conseguido usar un ínfimo trozo de asfalto que quedaba en el morro del coche para esquivar esa trampa y salvarse así de un buen accidente.
A nuestras espaldas sólo queda un enfurecido mániaco que gesticula con el brazo levantado gritando improperios contra los motoristas y nuestras familias. No me importa, no me voy a girar a explicarle que es un animal y que debería quemar su carnet de conducir., la ilusión de seguir allí, vivo, ileso y con mi desconocido rival a mi lado hacen que simplemente engrane primera y me dirija al final de la larga recta que tenemos delante en la que se vislumbra una terraza de bar

Llego al parking y dejo apoyar mi hermosa montura en su pata cabra mientras la fuerza de las piernas parece abandonarme. Me quito el caso y miro a mi lado como mi rival pulsa el botón de paro de su moto y los termiglioni cesan su canto. Hago lo mismo y dejo que el aire vuelva a fluir lentamente en mis pulmones. De debajo del casco aparece un rostro marcado por algún año más que yo y con las canas en plena batalla por la supremacía.

Nos miramos y sin mediar palabra dejamos nuestras motos y nos sentamos en una mesa mirando nuestras motos. No hablamos, no decimos nada hasta que el camero se acerca y nos pide que tomaremos:

-Una clara de medio, por favor.
-Otra para mi. Gracias.

Pasados unos minutos llegan las claras y empezamos a hacerlas bajar por nuestras gargantas resecas, mientras miro de reojo a ese hombre con el que comparto mesa.
Parece un tipo agradable, corriente, y está claro que tiene muy buen gusto con las motos porque su moto es preciosa. Me la miro desde mi posición observando cada bella curva de sus entradas de aire cuando oigo una voz a mi lado que dice.

-Mírala bien porque es una moto nueva, la vieja la he dejado al final de esta recta. Esa moto era un peligro ya que no sabía distinguir entre una carretera de montaña y un circuito. Ya que yo no lo he aprendido a mi edad al menos que lo aprenda la moto.

-Esa curva también se ha quedados con algún resto de nuestra inconsciencia juvenil. Brindemos por ello, ya que tal vez veamos así muchos mas días pasar y muchos mas kilómetros transcurrir.

Su nombre no importa, como tampoco el mío, pero si importa nuestra pérdida. Os ruego que aprendáis de este breve relato y dejéis que las motos corran en los circuitos y no por nuestras bellas carreteras en las que demasiado amenudo vemos decoradas con ramos de flores en alguna curva que no fue tan magnánima como la nuestra